La habitación del hospital estaba en penumbra, solo iluminada por la tenue luz de la lámpara junto a la cama y los monitores que marcaban el ritmo constante del corazón de Mateo. Bianca seguía sentada en la silla, su mano aún aferrada a la de su hijo, sin atreverse a soltarlo. Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba allí, pero no le importaba.
Mateo se movió ligeramente, sus párpados temblaron y finalmente se abrieron. Sus ojos gris, nublados por la fiebre y el sueño, tardar