La mañana siguiente amaneció clara y brillante sobre la mansión de Los Olivos, pero Bianca no tenía ojos para la belleza del día. Desde la ventana de su habitación, observaba cómo Francisca y Patricia ultimaban los detalles de su partida. Las había escuchado la noche anterior, hablando en voz baja sobre una reunión importante en la empresa, sobre trámites que no podían esperar.
—Bianca, mi niña —la voz de Francisca llegó desde el pasillo—, ¿estás lista? Podemos llevarte a desayunar algo rico an