La noche había caído sobre la mansión de Luciano, trayendo consigo una calma tensa que solo existía en la superficie. Gabriela estaba en su habitación, recostada en la cama, mirando el techo con una sonrisa lenta dibujada en sus labios. Las últimas semanas habían sido frustrantes, sí, pero también le habían enseñado algo valioso: Luciano era un hombre de principios, leal hasta el absurdo, pero todo hombre tiene sus puntos débiles.
Y ella conocía los suyos mejor que nadie.
Se levantó y caminó ha