Ocho días habían pasado desde la última vez que Bianca pisó la mansión. Ocho días de silencio, de ausencia, de mentiras sostenidas con alfileres. Luciano había logrado mantener la fachada frente a Mateo, pero cada día era más difícil, cada pregunta del niño era un puñal directo al corazón.Esa noche, la casa estaba en calma. Mateo había cenado temprano y, según la señora González, se había ido a su habitación a leer. Luciano aprovechó para sentarse en el estudio con un vaso de whisky, intentando ordenar sus pensamientos, trazar una estrategia, encontrar una grieta en la fortaleza de Francisca.La puerta se abrió sin que llamaran. Gabriela entró con paso sigiloso, vestida con ropa sencilla, el cabello suelto. No había rastro de la seducción de otras noches; su expresión era seria, casi preocupada.—Luciano —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Necesitamos hablar.Él la miró con desconfianza. Desde la noche en el jardín, había mantenido la distancia, evitando estar a solas con ella.—¿
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