La tarde caía sobre el hospital cuando Bianca tomó su teléfono entre las manos. Había pasado horas en la habitación de Mateo, procesando cada palabra de Luciano, cada revelación, cada mentira de su tía. Ahora, con el corazón latiéndole con fuerza pero la mente más clara que nunca, marcó el número que tenía memorizado.
Francisca contestó al primer tono.
—¿Bianca? ¡Por fin, mi niña! Llevo días sin saber de ti, sin contestar mis mensajes. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
La voz de su tía, tan preocupada