La noche había caído sobre la mansión de Los Olivos cuando Bianca regresó. El viaje de vuelta desde la casa de Luciano había sido un torbellino de emociones: la alegría de ver a Mateo, la tensión del encuentro con Gabriela, la promesa de un futuro que aún parecía lejano. Pero ahora, al cruzar la puerta, tenía que volver a ser la Bianca que ellas esperaban. La Bianca confundida, dependiente, manipulable.Francisca estaba en el salón, viendo televisión con una copa de vino en la mano. Al verla entrar, apagó el televisor y le dedicó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.—Bianca, mi niña, ¿cómo estás? Te ves cansada.Bianca se dejó caer en el sofá, exagerando un poco el agotamiento.—Sí, tía, un poco. El día fue largo.—¿Fuiste a alguna parte? —preguntó Francisca, con fingida despreocupación.—Sí, salí a caminar un rato. Necesitaba despejarme.Francisca asintió, pero sus ojos la evaluaban con la atención de un depredador.—Bueno, cuídate, mi niña. No te vayas muy lejos sola. Ya sabes, la
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