La investigación de Sotelo avanzaba como un río subterráneo, frío, silencioso y dirigido. Los datos fluían, se cruzaban, se analizaban. Los focos, aunque aún difusos, empezaban a apuntar más hacia ciertos patrones internos de la empresa que hacia las incursiones dominicales de Francisca y Patricia. Los gastos suntuosos de Patricia parecían financiados por un novio nuevo (y efímero) con recursos, y las deudas de Francisca, aunque preocupantes, eran cantidades menores que no cuadraban con la sofisticación del desfalco.Pero el rumor, esa bestia voraz en cualquier organización, había hecho su trabajo. Alguien, quizá un recepcionista con oído fino o un becario asustado por la presencia de Sotelo, había filtrado que la investigación incluía a "unas familiares de la jefa". Y el rumor, distorsionado, llegó a oídos de las interesadas.Francisca no llamó. Se presentó. Un miércoles por la tarde, apareció en la mansión López acompañada de su hija Patricia. No tenían cita. Insistieron en ver a Bi
Leer más