El almuerzo en el café con vistas a los estanques de lirios fue otra prueba de resistencia. Bianca eligió la mesa, cerca de la barandilla. Manejó la orden con naturalidad, preguntándole a Mateo qué quería, incluyendo a Gabriela con una cortesía que era impenetrable. La conversación giró en torno a lo visto, y Bianca se aseguró de dirigirla, haciendo preguntas a Mateo que requirieran respuestas más largas, reclamando su atención, estableciendo una conexión diádica que excluyera, sutilmente, a Gabriela.Gabriela, sin embargo, no era fácil de excluir. Encontró sus aperturas, suscitiendo sonrisas en Mateo con comentarios livianos, recordando detalles de la clase de natación, creando pequeños mundos de complicidad a los que Bianca no tenía acceso. Era una danza extenuante, un pulso constante por la atención y el afecto del niño.En un momento, Mateo fue al baño, dejando a las dos mujeres solas en la mesa. El silencio que cayó entonces era denso, cargado de todo lo no dicho.Gabriela tomó u
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