La noche había envuelto la mansión López en su manto más profundo. En la habitación de Mateo, un círculo de luz cálida emanaba de la lámpara de su mesita de noche, aislando del mundo un momento de complicidad absoluta. Mateo estaba sentado en la cama, las piernas cruzadas bajo el edredón, y Bianca a su lado, reclinada contra el cabecero.
Sobre las sábanas, abierto entre ambos, no había un libro infantil con ilustraciones coloridas. Había un volumen denso, de tapa dura y páginas llenas de texto