El peso de la responsabilidad en Bruselas era distinto, pero no menos agobiante. Bianca López, dueña y comandante en jefe de la destilería familiar, movía sus piezas en el tablero europeo con precisión de cirujana. Cada argumento, cada documento, era un ladrillo en el muro de defensa de su legado. Había dejado atrás la ansiedad doméstica, transformándola en una fría determinación.
Fue en el tercer día, durante un almuerzo de trabajo en Le Chalet de la Forêt, cuando el pasado irrumpió con la ele