La mañana siguiente en Bruselas llegó con una luz fría y despiadada que entraba por los ventanales de la sala de juntas. Bianca había dormido con una paz extraña, anclada por la imagen de Luciano y Mateo durmiendo juntos. Llegó a la reunión con la armadura puesta: traje sastre negro, tablet cargada, mirada impenetrable. El fantasma del pasado ya no era una sacudida, sino un eco manejable.Alberto ya estaba allí, revisando unos documentos junto al proyector. Al verla entrar, le dedicó una sonrisa profesional que, sin embargo, no lograba ocultar la chispa de aprecio personal. Durante las primeras horas, todo fue estrictamente formal. Argumentos legales, fechas, estrategias. Fue durante un breve receso, mientras los demás se agolpaban alrededor de la mesa del café, que él se acercó a ella junto a una de las ventanas.—Bianca —dijo, su voz baja—. ¿Un café? Parece que vas a necesitar otro.Ella asintió, aceptando la taza que le ofrecía. Se apoyó contra el alféizar, mirando la ciudad gris.
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