El aire de la tarde estaba cargado de la humedad pesada que precede a una tormenta de verano. Francisca y Patricia salían de la mansión López como si las hubiera expulsado un viento amargo, su indignación aún caliente en las mejillas. Caminaban por la acera arbolada del exclusivo barrio, alejándose de la fortaleza de su sobrina, rumbo a la parada del autobús que las devolvería a su vecindario más modesto. La humillación de Bianca aún les quemaba, y el miedo a la amenaza de la cárcel, aunque lo