La madrugada tejía su silencio más profundo en la mansión López. Gabriela no dormía. Estaba despierta, tendida en la cama, cada uno de sus sentidos afinados como antenas. Había oído el leve crujido de las escaleras, el susurro apenas audible de unos pasos que bajaban, y luego el sonido amortiguado de la nevera abriéndose en la cocina. Luciano.
Un destello de triunfo, agudo y frío, iluminó sus ojos en la oscuridad. Era su oportunidad. La hora más vulnerable, cuando las defensas están bajas y la