La puerta del estudio de Luciano se cerró con un sonido más seco de lo que él había pretendido. No encendió la luz. Se quedó de pie en medio de la oscuridad, la espalda contra la madera maciza, respirando con una calma forzada que no reflejaba el torbellino interior.
Su cuerpo aún resonaba con la impronta del encuentro. No con deseo—se negaba rotundamente a etiquetarlo así—, sino con una reacción física pura, primaria, molesta. La visión de Gabriela en la penumbra de la cocina, envuelta en esa