El amanecer llegó lento, cargado de una quietud incómoda.Bianca había pasado la noche en vela, sentada en una butaca junto a la cama de Mateo, observándolo respirar. Cada vez que el niño se movía entre sueños, ella se incorporaba de inmediato, con el corazón acelerado, esperando no escuchar ese pequeño quejido que ya se había vuelto demasiado familiar.Mateo no estaba bien.No del todo.Había momentos en los que parecía mejorar: se levantaba, sonreía un poco, incluso hacía algún comentario gracioso. Pero luego, sin aviso, el dolor regresaba. Un dolor bajo, profundo, que lo obligaba a encogerse, a apretar los dientes, a quedarse en silencio.—Bianca… —murmuró él esa mañana, con la voz cansada—. Me duele otra vez.Ella cerró los ojos solo un segundo, conteniendo el miedo que le subía por el pecho. Se acercó de inmediato, acariciándole el cabello.—Tranquilo, mi amor. Respira conmigo —le dijo, tratando de mantener la voz firme—. Ya pasa, ¿sí?Pero no pasaba.Nunca pasaba del todo.Lucia
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