La noche caía lenta sobre la ciudad, envolviéndola en un silencio elegante, apenas roto por el murmullo lejano del tráfico. En lo alto de uno de los edificios más exclusivos, un apartamento permanecía iluminado. No era la casa vieja que Gabriela mostraba al mundo, ni ese lugar humilde que usaba como disfraz para despertar compasión. Era su verdadero refugio: amplio, moderno, frío… como ella.
Gabriela estaba de pie frente al ventanal, con una copa de vino tinto en la mano. Vestía una bata de sed