El hospital parecía más frío ese día.
No era solo el aire acondicionado ni el olor a desinfectante que se metía en los pulmones. Era esa sensación amarga, constante, de que algo estaba fuera de lugar. Bianca caminaba despacio por el pasillo, con un vaso de café ya frío entre las manos, sin darse cuenta de que no había probado ni un sorbo.
Desde la puerta entreabierta de la habitación podía ver a Mateo dormir. Tenía el rostro pálido, más delgado que hacía apenas unas semanas, y un pequeño apósito en el brazo donde había recibido la transfusión. Cada vez que el monitor emitía un pitido, el corazón de Bianca se le subía a la garganta.
Luciano estaba sentado en una silla junto a la ventana, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida. Llevaba horas así, sin moverse casi, como si cualquier movimiento pudiera romper el frágil equilibrio que sostenía ese momento.
Bianca respiró hondo antes de hablar.
—Luciano… —dijo en voz baja, como si temiera despertar al niño.
Él levantó la