La mañana se había instalado con una calma engañosa sobre la ciudad. Desde el ventanal de su oficina, Bianca observaba el movimiento constante de los autos, la gente entrando y saliendo de los edificios, todos con prisa, todos con un rumbo claro… algo que ella sentía haber perdido desde hacía días. Su escritorio estaba impecable, demasiado ordenado para alguien que realmente estuviera trabajando. El computador encendido mostraba el mismo informe financiero desde hacía más de una hora, sin que una sola celda hubiera sido modificada.
Bianca suspiró, apoyó los codos sobre la mesa y se llevó las manos al rostro.
No podía dejar de pensar.
En Gabriela.
En Mateo.
En Luciano.
Y, sobre todo, en esa sensación incómoda que se le había instalado en el pecho y que no lograba identificar del todo: ¿culpa?, ¿miedo?, ¿compasión?, ¿celos?
El sonido firme de unos tacones acercándose por el pasillo la obligó a incorporarse. Reconocería ese andar seguro en cualquier lugar.
—Bianca.
Alzó la mirada y ahí e