Lucía no recordó cómo llegó a casa.Solo supo que, cuando cerró la puerta tras de sí, sus piernas finalmente cedieron. Se apoyó en la madera, respirando con dificultad, como si hubiera corrido durante horas… aunque el verdadero cansancio no estaba en su cuerpo, sino en su corazón.Eduardo ya no estaba.La imagen de los caballos alejándose seguía repitiéndose en su mente, una y otra vez, como un castigo.Se llevó una mano al pecho.—No puedo quedarme así… —susurró.No podía permitirse caer. No ahora. No con todo lo que sabía. No después de haber entendido que su vida había sido manipulada desde el principio.Alana apareció desde la cocina, limpiándose las manos en el delantal. Bastó con ver el rostro de Lucía para que se alarmara.—¡Lucía! —exclamó—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan pálida?Lucía levantó la mirada. Durante un segundo pensó en decir la verdad. En contarle sobre Eduardo, sobre el rey, sobre el duque muerto, sobre la guerra… pero no. No podía hacerlo. Negó suavemente con la
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