La mañana en que Lucía decidió que el mundo conocería su nombre, el sol no salió con la timidez de los meses anteriores. Se filtró por las rendijas de las persianas de madera con una determinación dorada, iluminando las partículas de polvo que danzaban sobre los rollos de terciopelo. No era un brillo más cálido, era un brillo de veredicto.Lucía se detuvo frente a la fachada de la antigua tienda del duque. Ya no quedaba rastro del moho ni del olor a papel viejo y olvido. El edificio respiraba. Las ventanas, pulidas hasta parecer inexistentes, exhibían cortinas de lino color crema que enmarcaban a los maniquíes como si fueran centinelas de un sueño.—Es hoy —susurró Lucía. Sus dedos, callosos por las noches de vigilia y las miles de puntadas, temblaron ligeramente al rozar la llave de hierro.Alana apareció tras ella, ajustándose un delantal de algodón impoluto. Sus ojos, siempre prácticos, estaban inusualmente húmedos. Observó el espacio que habían levantado juntas, nacido de las ceni
Leer más