Caminaba despacio, como si el suelo bajo sus pies ya no fuera del todo real. Cada paso se sentía ajeno, distante, como si su cuerpo siguiera avanzando mientras su mente permanecía atrapada junto al lago, bajo los sauces, frente a una verdad que aún no lograba aceptar por completo.
Laura.
Ese nombre seguía resonando en su cabeza.
La mujer no la siguió. No intentó detenerla ni forzar más explicaciones. Solo la había mirado con una mezcla de alivio y tristeza, como quien entiende que algunas verdades necesitan tiempo para asentarse.
—Vuelve cuando hayas pensado en todo —le había dicho con voz suave—. No tienes que decidir nada hoy. Ya hiciste lo más difícil: escuchar.
Lucía no respondió.
Simplemente se dio la vuelta y se marchó.
Ahora, mientras avanzaba por las calles casi vacías, sentía el corazón pesado, como si cada latido arrastrara una parte de su pasado… de sus pasados.
No renací en otro cuerpo.
Siempre fue el mío.
Esa idea la golpeaba una y otra vez, rompiendo todo lo que creía en