El hombre del uniforme de mantenimiento se detuvo frente a la puerta de cristal. Abigail, con los sentidos agudizados por el miedo, notó que no llevaba una identificación visible y que su mano derecha, enguantada, no soltaba el asa de la caja de herramientas con la naturalidad de un trabajador. Era un agarre tenso, de combate.—Señorita, tengo órdenes de revisar el sistema de oxígeno —dijo el hombre, su voz era un murmullo metálico, desprovisto de emoción.Abigail se puso de pie, colocándose físicamente entre el intruso y la cama de Roberto. Su mano derecha buscó a tientas el botón de pánico de la clínica, pero sabía que si la institución estaba comprometida, esa alarma solo serviría para avisar a los verdugos.—Nadie entra aquí sin la autorización directa del Dr. Arrieta —replicó Abigail, tratando de que su voz no temblara—. Y el Dr. Arrieta está en cirugía. Vuelva en una hora.El hombre no retrocedió. Dio un paso hacia adelante, abriendo la puerta. En ese instante, el silencio del p
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