La sala de juntas de la mansión Briston nunca se había sentido tan pequeña. Sobre la mesa de caoba, el sobre que Arthur había traído, ahora manchado con una gota de su propia sangre, parecía emitir un calor radiactivo. Las exigencias de Linda estaban escritas con una caligrafía impecable, una cortesía gélida que contrastaba con la brutalidad de sus peticiones: acciones, utilidades, silencio y, lo más doloroso, la custodia de Cael.Roberto Briston permanecía sentado a la cabecera, con las manos entrelazadas ocultando su boca. Sus ojos, antes brillantes y autoritarios, estaban fijos en un punto invisible de la alfombra. A su lado, Arthur, con el brazo en cabestrillo y el rostro pálido, terminaba de relatar el encuentro.—Quiere que limpies su nombre, abuelo —dijo Arthur, su voz apenas un susurro áspero—. Quiere que la prensa crea que somos nosotros los que hemos perdido el juicio.Roberto finalmente levantó la vista. Su rostro parecía haber envejecido diez años en una sola noche. La cul
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