El sol de la tarde se filtraba a través de los ventanales de la casona Briston, bañando el gran salón en un tono dorado que recordaba a la miel. No era el mismo brillo gélido de años atrás; hoy, la casa vibraba con un sonido que durante décadas le fue ajeno: el de la risa infantil y el bullicio de una familia que, contra todo pronóstico, había aprendido a florecer sobre las cenizas.Habían pasado poco más de dos años desde que el eco del último disparo de Linda se desvaneciera en el viento de aquel balcón. Dos años en los que las cicatrices, aunque todavía visibles si se miraba de cerca, habían dejado de sangrar.En el centro del jardín, la pequeña Cassandra, Cassi, como todos la llamaban, gateaba con una energía inagotable sobre el césped perfectamente podado. Estaba cumpliendo su primer año de vida, y era el vivo retrato de una tregua genética: tenía el cabello castaño cobrizo de Abigail y los ojos azul acero de Joe, una mirada que ya mostraba una determinación que hacía reír a su p
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