La casa de invitados de la propiedad Briston, usualmente un refugio de elegancia y silencio, se había transformado esa noche en una cámara de interrogatorios improvisada. El aire estaba viciado por el olor a café frío y la tensión eléctrica que emanaba de los tres hombres que rodeaban a Adriana. Las lámparas de diseño proyectaban sombras alargadas y agresivas sobre las paredes, mientras el viento golpeaba los ventanales, recordando que fuera de esos muros, el mundo de los Briston se caía a peda