MILA Sentí que el aire me faltaba, que la máscara de Katia se desintegraba entre mis dedos, dejándome expuesta, desnuda y aterrada. Pero bajo su mirada, no había juicio, solo una necesidad tan profunda como la mía. Me acerqué a su oído, dejando que mis labios rozaran su piel, y solté el secreto que me había estado asfixiando desde el primer día que pisé esta mansión. —Mila —susurré, y mi nombre sonó como una confesión de culpabilidad y de entrega al mismo tiempo—. Llámame Mila. Sentí cómo el cuerpo de Lucio se tensaba, una vibración eléctrica que recorrió su espina dorsal y se transfirió a la mía. No hubo sorpresa en su rostro, solo una exhalación profunda, casi un gruñido de alivio, como si hubiera estado esperando siglos para escuchar ese sonido. —Mila… —repitió él, saboreando cada sílaba como si fuera un elixir prohibido—. Entonces, Mila… esta noche, y todas las que vengan, eres mía. Me tomó del mentón con una firmeza que no admitía réplicas y me besó. Ya no era el bes
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