MILA. Payton dudó. Sus ojos saltaron de la nuca de Lucio a la boca de mi arma, viendo en mis pupilas empañadas la promesa de una ejecución que Katia nunca dejaría a medias. Pero antes de que pudiera tomar una decisión, el frío metálico de otra arma se incrustó en su propia sien. —Yo que tú, le haría caso —la voz de Tony, baja y cargada de una amenaza letal, retumbó detrás de él—. Sabes de sobra que jamás falla. El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el gemido agónico de Taylor. Payton, acorralado entre mi amenaza y el cañón de Tony, bajó el arma lentamente. Lucio se detuvo al fin. Se puso en pie con una lentitud felina, con los nudillos destrozados y el pecho subiendo y bajando en un rimo errático. Se giró y, por un segundo, el monstruo desapareció de su mirada al verme. Se quedó impactado, petrificado al encontrarme de rodillas, con el vestido desgarrado y los ojos al borde del llanto, pero sosteniendo el arma con una firmeza que desafiaba su propia naturaleza.
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