Entré. El clic de la puerta cerrándose tras de mí fue un alivio efímero, una burbuja de silencio en medio del caos. Allí, bajo la luz azulada y fría de los monitores, estaba él. Verlo así, reducido a un cuerpo frágil e inconsciente, me desgarró de una forma que nadie podría entender jamás. Me acerqué con pasos vacilantes; mis dedos temblaban, suspendidos a milímetros de su piel. Estaba frío. De pronto, me sentí sucia. Sentía que no tenía derecho a tocarlo, y sin embargo, la necesidad de sentir la suavidad de piel era una urgencia casi catastrófica. —Sandro —musité, inclinándome para rozar su frente con mis labios. Fue un error. Las lágrimas que había contenido se desbordaron, calientes y pesadas, amenazando con disolver el pegamento de mi máscara. De pronto, sus dedos tuvieron un espasmo bajo los míos. Me alejé de un salto, con el corazón en la garganta. —¿...Quién? —su voz fue un roce de papel seco. Abrió los ojos. Eran sus ojos, pero la neblina del dolor los empañaba. Me
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