El muelle diecisiete, el más antiguo y vasto del puerto de Ciudad A, olía a salitre, a óxido y a la inminente llegada de una tormenta.Las grúas se alzaban como centinelas de hierro bajo un cielo encapotado que amenazaba con descargar su furia sobre los hombres reunidos abajo.En el centro de la explanada, se había erigido una estructura temporal: una mesa de madera maciza rodeada por los líderes de los clanes menores, los Valli, los herederos de los Moretti y los representantes de las familias de la costa.Todos guardaban silencio, un silencio tenso que solo se rompía por el graznido de las gaviotas y el rítmico chocar del agua contra los pilotes.Zander Perseus llegó no como un negociador, sino como un conquistador. Descendió de su vehículo blindado luciendo un uniforme negro sin insignias, pero con una presencia que hacía innecesario cualquier galón.A su lado, Selene caminaba con una elegancia que desafiaba la hostilidad del ambiente. Llevaba un abrigo de lana gris perla que ocult
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