Ciudad A se había convertido en un espejo de la voluntad de Zander Perseus.
El puerto funcionaba con la precisión de un reloj suizo, los clanes menores rendían tributo sin rechistar y la delincuencia común había desaparecido, reemplazada por la vigilancia gélida de la guardia privada.
Sin embargo, dentro de los muros de la mansión, el aire se sentía más pesado que durante la guerra contra los Mancini.
La victoria total había traído consigo una consecuencia inesperada: el tiempo para pensar.
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