La mañana en Atenas nació con una luz blanca y cegadora que parecía querer exponer cada grieta en la fachada de los Perseus.Tras la violenta revelación del cuaderno de Narel, la villa se había convertido en un campo de minas de silencios prolongados.Zander había salido al amanecer, no para una reunión técnica, sino para caminar por los acantilados, tratando de procesar la idea de que su protección era, en realidad, el veneno de Selene.Selene, por su parte, decidió bajar a la ciudad. Necesitaba el anonimato de las calles griegas, el roce de los extraños que no sabían que ella era la mujer más poderosa —y prisionera— de Ciudad A. Se sentó en una pequeña cafetería en Plaka, bajo la sombra de un olivo milenario. Fue allí donde el pasado decidió reclamar su turno.Un hombre de unos sesenta años, de manos curtidas y ojos que guardaban el cansancio de mil tormentas, se sentó en la mesa contigua.No era un sicario ni un espía del Consejo. Era Elian Sartori, un primo lejano de su padre que
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