La mansión Perseus estaba sumergida en una cacofonía de fuego y metal.
El asedio de los clanes rebeldes, azuzados por las promesas de Elena Volkov, había alcanzado su punto de ebullición.
El aire, saturado de pólvora y el olor dulce de los jazmines pisoteados en el jardín, vibraba con cada detonación.
Dentro, en el ala sur, Zander sostenía el cuerpo de Selene entre sus brazos, con una expresión que oscilaba entre la devoción más pura y una furia capaz de reducir Ciudad A a cenizas.
—¡Médico! —e