La Gran Sede del Consejo de Ancianos, antaño vibrante con el murmullo de conspiraciones y el roce de togas de seda, se sentía ahora como un mausoleo de mármol frío. En el despacho que una vez perteneció al Juez Valerius,
Marcus Thorne revisaba una montaña de archivos con la paciencia de un arqueólogo.
No era un hombre imponente; vestía un traje gris de corte genérico y usaba unas gafas de montura metálica que le daban un aire de profesor universitario, pero en sus ojos residía la frialdad de qu