La tarde cayó sobre Ciudad A con una tonalidad naranja y violeta, tiñendo las grúas del puerto como si fueran esqueletos de gigantes custodiando el tesoro de los Perseus.
En el despacho de la mansión, el silencio era tan denso que Selene podía escuchar el rítmico tictac del reloj de péndulo, un sonido que parecía contar los latidos de una verdad que amenazaba con estallar.
El diario de Narel seguía sobre su regazo, abierto en la página donde la caligrafía nerviosa de la madre de Zander detallab