El jardín de la mansión Perseus era un campo de batalla disfrazado de gala.El césped, de un verde tan perfecto que parecía artificial, estaba plagado de fotógrafos de prensa, reporteros de sociedad y las figuras más influyentes de Ciudad A.Selene caminaba con la columna rígida, sintiendo el peso de un vestido de seda esmeralda que parecía una armadura de alta costura.Zander la sostenía por la cintura con una mano firme, casi posesiva, enviando una señal silenciosa al mundo: ella estaba bajo su ala, ella era suya.Selene había decidido jugar su papel.Había aprendido en Grecia que el silencio y la cortesía eran armas más efectivas que el grito desesperado.Sonreía con la calidez calculada de una reina, asintiendo ante los elogios vacíos de personas que, cuatro años atrás, le habrían dado la espalda. Sin embargo, por dentro, cada fibra de su ser gritaba por escapar.Las preguntas de los periodistas fluían como el champán que se servía en bandejas de plata, hasta que una voz aguda, pe
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