El despertar fue un castigo físico.
Selene sintió que una legión de agujas le perforaba las sienes, una resaca brutal producto del whisky y el agotamiento emocional de la noche anterior.
Al abrir los ojos, el techo de la habitación —aquella réplica retorcida de su pasado— le recordó dónde estaba. El caos que había sembrado en su arrebato de furia seguía allí: cristales rotos, cortinas desgarradas y un silencio que pesaba más que las cadenas.
Se sentó en el borde de la cama, sujetándose la cabez