El aire en la sala de tortura de la mansión Perseus era denso, impregnado de una electricidad estática que presagiaba una tormenta.
Zander, sentado en un pequeño escritorio daba pequeños golpeteos rítmicos sobre la superficie de madera.
El sonido, constante y seco, recordaba al de un cronómetro marcando el tiempo antes de una explosión.
Estaba tenso; sus hombros, usualmente rectos por la disciplina del poder, parecían cargados con el peso de la guerra que acababa de terminar y la que estaba nac