El aire en la boutique de alta costura se volvió denso, casi irrespirable.Arthur Vance, cuya fortuna era superada únicamente por su legendario mal temperamento, temblaba de furia.Su rostro, surcado por las arrugas del tiempo y la soberbia, se tornó de un rojo violáceo mientras señalaba a Selene con la punta enjoyada de su bastón de oro.—¡Pequeña salvaje! —rugió el anciano, su voz quebrando por la indignación—. ¡Has mancillado el nombre de mi esposa en público! ¡Has osado derramar sangre de una Vance!Vance, impulsado por una rabia que parecía darles una fuerza sobrenatural a sus frágiles extremidades, dio un paso hacia adelante.Alzó su bastón con la clara intención de golpear a Selene, un acto de agresión que buscaba restaurar el honor de la mujerzuela que lloriqueaba en el suelo.Circe, desde el piso, observaba con una sonrisa maligna entre sus sollozos fingidos, esperando ver a su hermana humillada por el poder de su "protector".Pero Selene no era la mujer asustadiza que había
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