El silencio en la mansión Perseus no era una ausencia de ruido, sino una presencia física, pesada y sofocante, que parecía alimentarse de los secretos que guardaban sus muros. Selene estaba agotada.El día anterior, tras el violento encuentro en el vestíbulo y la partida de Atlas, había cerrado la puerta de la habitación principal con el seguro, transformando su santuario en una celda por voluntad propia.Agradecía, en el fondo de su orgullo herido, que Zander no hubiera intentado forzar la entrada.Sabía que él estaba allí, al otro lado de la madera, respirando la misma atmósfera cargada de resentimiento, pero el hecho de que hubiera respetado su espacio solo la confundía más.Había pasado una noche terrible.Cada vez que cerraba los ojos, veía la mirada de Atlas, esa mezcla de confusión y valentía infantil, llamando "tío" a su propio padre.El peso de esa mentira le oprimía el pecho. Había pasado gran parte del día siguiente sumida en un letargo defensivo, durmiendo para no pensar,
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