El trayecto desde el aeropuerto privado hasta los límites de la propiedad Perseus en Ciudad A fue un descenso lento hacia el abismo de la desesperación. Selene se había negado a pronunciar una sola palabra que no fuera una maldición escupida con veneno.
Durante el vuelo, impulsada por una necesidad visceral de adormecer el dolor de la separación de Atlas, había exigido alcohol.
Para su sorpresa, Zander no se lo había negado; al contrario, le había servido él mismo el whisky más fuerte de su res