El sonido metálico de la cerradura electrónica no fue seguido por el habitual paso pesado de Zander, sino por un clic suave, casi furtivo.
Selene, que se encontraba sentada en el suelo del gran ventanal, observando cómo las luces de Ciudad A parpadeaban como ojos de serpiente, se puso en pie de inmediato.
La puerta se abrió apenas unos centímetros, revelando la silueta elegante y un tanto nerviosa de Ariadne Mancini.
Selene la observó con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Ariadne sostenía