El silencio que siguió al desmayo de Elara fue más aterrador que cualquier grito de guerra. Alistair la sostuvo contra su pecho, sintiendo cómo el calor que antes emanaba de ella se disipaba con una rapidez alarmante. La piel de la joven, usualmente de un tono canela vibrante, se había vuelto traslúcida, casi grisácea.—¿Qué he hecho? —susurró él, con la voz rota.La depositó con una delicadeza que no sabía que poseía sobre el diván de terciopelo. Sus manos, antes firmes para sostener la espada, temblaban mientras buscaba el pulso en el cuello de la joven. Estaba allí, débil y errático, como el aleteo de un ave moribunda.Alistair miró el collar de hierro frío tirado en el suelo. El metal parecía burlarse de él. Había liberado a la bruja para salvarse a sí mismo, y en el proceso, parecía haberla consumido.—¡Guardias! —rugió hacia la puerta, pero antes de que alguien pudiera entrar, una figura emergió de las sombras del rincón más alejado del despacho.Era el Consejero Silas. No se ve
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