Alistair no esperó a que el amanecer trajera explicaciones. El vacío que Elara había dejado en la habitación era físico, una presión en el pecho que le dificultaba respirar más que la propia maldición. El humo narcótico de Isolda aún flotaba en las esquinas, pero el Rey ya no sentía cansancio. Solo sentía una furia gélida.
—¡Silas! —rugió, saliendo al pasillo.
El Consejero apareció entre las sombras, con su rostro arrugado contraído por la preocupación. Al ver al Rey caminar con esa determinaci