Julian no había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el contacto de la piel húmeda de Clara contra sus dedos. Se había pasado la noche reorganizando su estantería de libros por colores y alturas, un síntoma claro de que su paz mental estaba herida de muerte.A las ocho de la mañana, estaba en su escritorio, impecable en un traje azul noche, intentando ignorar que le faltaba su chaqueta favorita.Entonces, el aroma lo golpeó. No era jazmín, era algo más terrenal: canela y café tostado.—Traigo una ofrenda de paz y un rehén —la voz de Clara anunció su entrada.Julian levantó la vista. Ella lucía radiante, con un vestido amarillo que parecía un insulto a la sobriedad del edificio, y en sus manos llevaba su chaqueta de traje, perfectamente lavada y doblada, junto a un vaso de café humeante con un nombre escrito a mano: "Señor Gruñón".—Mi chaqueta ha sido expuesta a niveles de color inaceptables —dijo Julian, aceptando la prenda con una ceja levantada, aunque por dentro sintió u
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