El silencio que siguió al desmayo de Elara fue más aterrador que cualquier grito de guerra. Alistair la sostuvo contra su pecho, sintiendo cómo el calor que antes emanaba de ella se disipaba con una rapidez alarmante. La piel de la joven, usualmente de un tono canela vibrante, se había vuelto traslúcida, casi grisácea.
—¿Qué he hecho? —susurró él, con la voz rota.
La depositó con una delicadeza que no sabía que poseía sobre el diván de terciopelo. Sus manos, antes firmes para sostener la espada