La cena fue un suplicio de cubiertos chocando contra la porcelana y risas que a Elena le sonaban como estática. Sentada frente a Adrián, sentía su mirada quemándole la piel, una presión constante que la obligaba a mantener los ojos fijos en su plato.—Y dinos, Adrián —intervino el padre de las chicas, rompiendo el tenso ambiente—, Sofía dice que estuviste varios años fuera, consolidando las sedes de la empresa en Europa.—Así es, señor —respondió Adrián, sin apartar los ojos de Elena—. Pasé mucho tiempo buscando algo que creí perdido, pero parece que las cosas más importantes siempre encuentran el camino de vuelta a casa... de una forma u otra.Elena apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cada palabra de Adrián era un dardo cargado de doble sentido. A su lado, Sofía le acariciaba la mano a su prometido, ajena al abismo que se abría bajo sus pies.—Mami, tengo sueño —susurró Mía, tallándose los ojos.Fue la oportunidad perfecta.—Papá, Sofía... lo sien
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