La mañana siguiente en la oficina de Julian no olía a café ni a jazmines. Olía a pánico y a papel quemado. Marcus Thorne estaba sentado en la silla de Julian, con las piernas cruzadas sobre el escritorio de nogal, sosteniendo una carpeta roja que parecía un certificado de defunción.
—Es una pena, de verdad —dijo Thorne con una sonrisa de tiburón—. Resulta que el suelo de la terraza no está certificado para soportar el peso de la "tierra húmeda" que tu pequeña amiga ha instalado. Es un riesgo es