Gaia Conan soltó un gruñido que hizo vibrar los cimientos de la habitación, un sonido animal que nació desde lo más profundo de su pecho, cargado de una frustración que rozaba lo violento. Se quedó ahí, arrodillado frente a mi desastre, con los puños tan apretados sobre sus muslos que los nudillos le blanqueaban; sus ojos ya no pedían permiso, eran dos brasas que me despojaban de todo, recorriendo cada centímetro de mi piel con una fijeza sádica que me hacía sentir marcada, poseída antes del primer roce. — Mírame si puedes, mi amor —susurró, y aunque yo sentía que quería desaparecer, su voz era un ancla en medio de mi tormento.—Eres una diosa caminando entre nosotros, Gaia —soltó con una voz que era puro fuego, tan ronca que me raspó los oídos—. Si tuvieras una idea de lo que me provoca verte así, tan vulnerable y tan jodidamente perfecta, entenderías que eres mi única obsesión. No hay nada en este mundo que desee más que deshacerte a base de placer hasta que olvides cómo te llamas.
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