Gaia
Conan soltó un gruñido que hizo vibrar los cimientos de la habitación, un sonido animal que nació desde lo más profundo de su pecho, cargado de una frustración que rozaba lo violento. Se quedó ahí, arrodillado frente a mi desastre, con los puños tan apretados sobre sus muslos que los nudillos le blanqueaban; sus ojos ya no pedían permiso, eran dos brasas que me despojaban de todo, recorriendo cada centímetro de mi piel con una fijeza sádica que me hacía sentir marcada, poseída antes del p