Gaia —Toma el control, mi putita—gruñó con la voz más oscura que nunca, dejando que sus manos subieran a mis pechos para apretarlos con una rudeza que me hizo gemir de placer—Quiero ver cómo te mueves sobre mí. Quiero ver cómo te destrozas tú misma. Empecé a moverme, al principio con lentitud, disfrutando de la sensación de tenerlo atrapado dentro de mí, pero el hambre de Conan no permitió que la calma durara. Sus manos me sujetaron de las caderas, guiando mis movimientos con una urgencia sádica, obligándome a bajar con fuerza sobre él, haciendo que su miembro golpeara mi punto más sensible en cada embestida. El sonido de nuestra unión, ese golpeteo húmedo y constante, llenaba el aire, volviéndome loca. —¡Ahhh, Conan! ¡Se siente tan bien... me llenas tanto! —chillé, echando la cabeza hacia atrás mientras empezaba a galopar sobre él con una velocidad frenética. Mis pezones, todavía sensibles y rojos de sus mordiscos, rozaban su
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